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viernes, 27 de abril de 2012

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Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
- ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? -pregunta Kublai Kan.
- El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla -responde Marco- sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
- ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.
Polo responde:
- Sin piedras no hay arco.

(Gràcies Pep. Eres el Buckminster Fuller del fútbol)



{Italo Calvino - Las ciudades invisibles}

martes, 27 de diciembre de 2011

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She took the Oldsmobile out past Condor Avenue
she locked the car and slipped past into rhythmic quietude
lights burning, voice dry and hoarse...




{Elliott Smith - Condor Ave.}

viernes, 5 de noviembre de 2010

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No me podía dormir. Encontraba idiota sentir otra vez aquella ansiosa expectación que un año antes, en el pueblo, me hacía saltar de la cama cada media hora, temiendo perder el tren de las Seis, y no podía evitarla. No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una liberación. El padre de Ena, que había venido a Barcelona por unos días, a la mañana siguiente me vendría a recoger para que le acompañase en su viaje de vuelta a Madrid. Haríamos el viaje en su automóvil.
Estaba ya vestida cuando el chófer llamó discretamente a la puerta. La casa entera parecía silenciosa y dormida bajo la luz grisácea que entraba por los balcones. No me atreví a asomarme al cuarto de la abuela. No quería despertarla.
Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces.
De pie al lado del largo automóvil negro, me esperaba el padre de Ena. Me tendió las manos en una bienvenida cordial. Se volvió  al chófer para recomendarle no sé qué encargos. Luego me dijo:
- Comeremos en Zaragoza, pero antes tendremos un buen desayuno -se sonrió ampliamente-; le gustará el viaje, Andrea. Ya verá usted...
El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primeros rayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí.



{Carmen Laforet - Nada}