- A ver, quién le dice a ella que tú no eres, no sé, un psicópata.
- Y quién me dice a mí que no es ella la psicópata. Se trata de asumir riesgos, ¿no? Yo tampoco te conozco... Yo tampoco sé si, si estás casada, o si tienes novio, o si tienes un muerto en el maletero, o... A mí no se me dan bien estas cosas. He pensado que estaría bien quedar contigo y... y yo que sé... He pensado que estaría bien.
- ¿Que tú me encontraste? ¿Tú me has hecho esto, A? ¿Me rapaste la cabeza? ¡Me has torturado! ¡¿Me has torturado?! ¿Por qué?
- Dijiste que querías vivir sin miedo. Ojalá hubiera habido un modo más fácil, pero no lo había.
[...]
- ¡Cállate de una vez! ¡No quiero escuchar tus mentiras!
- ¿No era tu propio padre quien decía que los artistas mienten para decir la verdad? Sí, inventé una mentira, pero al creértela has descubierto una verdad acerca de ti.
- No...
- Lo que era verdad en aquella celda sigue siéndolo fuera de ella. Lo que has sentido allí no tiene nada que ver conmigo.
- As for you, my galvanized friend, you want a heart. You don't know how lucky you are not to have one. Hearts will never be practical until they can be made unbreakable.
En cierta ocasión, José Arcadio le miró el cuerpo con una atención descarada, y le dijo: "Eres muy mujer, hermanita." Rebeca perdió el dominio de sí misma. Volvió a comer tierra y cal de las paredes con la avidez de otros días, y se chupó el dedo con tanta ansiedad que se le formó un callo en el pulgar. Vomitó un líquido verde con sanguijuelas muertas. Pasó noches en vela tiritando de fiebre, luchando contra el delirio, esperando, hasta que la casa trepidaba con el regreso de José Arcadio al amanecer. Una tarde, cuando todos dormían la siesta, no resistió más y fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoiteada que sintió el impulso de retroceder. "Perdone", se excusó. "No sabía que estaba aquí." Pero apagó la voz para no despertar a nadie. "Ven acá", dijo él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: "Ay, hermanita; ay, hermanita."